En los últimos
meses he tenido una lucha incesante con mi autoestima.
Nunca me he
sentido conforme con mi aspecto físico, tampoco con
mi desempeño
intelectual, ni siquiera con mi personalidad.
Cuando
me miro al espejo, a veces me da repulsión, a veces miedo, tristeza.
Me inunda de rabia
esa manía de tomarle importancia a lo terrenal, de no poder
separarlo y
aceptar que mi cuerpo es solo revestimiento de mi alma, que mi esencia
no la dibuja el
espejo.
Tal
vez lo único que me gusta de mi es mi alma, porque la he acogido, aceptado tal
cual,
y la encuentro
orgánica, inmutable, no la puedo disfrazar.

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